El pensamiento filosófico de los mexicas

Para hablar de la filosofía mexica es necesario retomar la obra del historiador mexicano Miguel León Portilla, titulada La filosofía náhuatl estudiada en sus fuentes, en la que a través de referencias escritas y testimonios en náhuatl (presentados en la obra de Fray Bernardino de Sahagún), pudo explorar cómo era que las antiguas culturas mesoamericanas reflexionaban acerca del mundo, de sí mismos y del hombre; es decir, su filosofía.

Los antiguos pueblos contaban con una “sabio” o “filósofo” que como refiere Fray Bernardino de Sahagún era:

“El buen sabio, como buen médico, remedia bien las cosas, y da buenos consejos y doctrinas, con que guía y alumbra a los demás, por ser el de confianza y de crédito, y por ser cabal y fiel en todo; y para que se hagan bien las cosas, de orden y concierto con lo cual satisface y contenta a todos respondiendo al deseo y esperanza de los que se llegar él, a todos favorece y ayuda con su saber.»

Estas personas recibían el nombre de tlamatinime, que significa “sabios de la palabra”, quienes tenían como ocupación la lectura y comentario de los códices, eran conocedores de los calendarios y guías de las personas.

Un elemento importante para los sabios era a lo que ellos llamaban in xochitl in cuícatl, que significa “flor y canto”; es decir, un poema. Para los tlamantinime la poesía era el medio por el cual se expresaba de forma oculta – a través del simbolismo y la metáfora – el percibir de la realidad. Esto debido a que consideraban que la personas que lograban el influjo de las flores y los cantos eran los únicos hombres que podían decir “lo verdadero de la tierra”. De esta forma, la mayoría del pensamiento “filosófico” de las culturas mesoamericanas se puede encontrar en los poemas y mitos.

La filosofía náhuatl planteó varios problemas existenciales, uno de ellos fue el valor de la existencia y la búsqueda de la satisfacción humana. Para ello planteaban que el valor se encontraba en la mente y el corazón, ya que un hombre sin rumbo pierde la mente y el corazón.

Sin duda, la obra de León Portilla es una fuente indispensable para conocer el pensamiento de los antiguos pueblos mesoamericanos; sin embargo, su obra permaneció en el rango de la estructura y los fundamentos de la realidad, dejando de lado el análisis de la conducta humana.

El Códice Florentino es una de las principales fuentes para conocer los mitos y poemas de los antiguos mexicanos.Wikimedia Commons

Pero, ¿qué era la felicidad para ellos?

Uno de los investigadores que se dedicó a investigar la ética de los antiguos mexicanos es el filósofo estadounidense Lynn Sebastian Purcell, quien a través del análisis del Códice Florentino pudo ver que la conducta humana de los aztecas estaba guiada por tres elementos: la concepción de la buena vida, la idea de la acción correcta como el camino medio o intermedio y la creencia de que la virtud es una cualidad que se fomenta socialmente.

La primera de ellas muestra que, para los aztecas, llevar una “buena vida” no estaba vinculado con la felicidad, ya que para ellos no había ningún vínculo entre llevar mejores vidas, por un lado, y experimentar placer «felicidad» por el otro”.

Por ello, la felicidad no se lograba con una vida perfecta o “buena” y sin errores, sino a través de una vida arraigada, que en palabras de Sebastian Purcell: “en este tipo de vida, uno es capaz de gestionar bien los errores y los deslices, en lugar de evitarlos por completo. La recompensa no es necesariamente la felicidad, sino la promesa de una vida que valga la pena”.

La vida arraigada se lograba a través de acciones virtuosas como lo era la: moderación, justicia, prudencia y coraje. Actos que se fomentaban entre la sociedad de forma comunitaria, lo que marca una gran diferencia con la ética occidental, que ve a los valores y actos virtuosos como elementos individuales y de “autoconocimiento”. Para los antiguos mexicanos, las características virtuosas eran parte de un esfuerzo colectivo, en donde se acepta que nadie es perfecto.

De esta forma, la felicidad para los pueblos mesoamericanos no era un estado de ánimo o de placer, era una forma de vida que se iba desarrollando.

Inscripción de los Cantos de Huexotzingo en la entrada de una sala del Museo Nacional de Antropología e HistoriaWikimedia Commons

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Por Agencias