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Los nabateos: el misterioso pueblo que esculpió Petra

Petra, la ciudad excavada en roca a medio camino entre el Mar Muerto y el Golfo de Áqaba, en la actual Jordania, lleva décadas presentándose ante el mundo como «la capital de los nabateos». Un pueblo que apareció en la región hacia el siglo V a. C. y del que apenas ha quedado rastro.

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La primera persona en mencionar a los nabateos fue, que sepamos, un historiador griego llamado Diodoro Sículo. Lo hizo en su Bibliotheca Historica, una enciclopedia de cuarenta volúmenes que publicó en algún momento del siglo I a. C.

Dicha mención hace referencia a un episodio registrado 300 años antes, en el siglo IV a. C., cuando uno de los viejos generales de Alejandro Magno, Antígono Monóftalmos, se embarcó en una campaña militar que le llevó desde Asia Menor, donde había establecido su reino, hasta las puertas de la península del Sinaí. Allí, según dejó escrito uno de sus lugartenientes, Antígono se topó con los habitantes «de un territorio sin agua» que vivían al aire libre, en tiendas, y se dedicaban a pastorear camellos.

El viejo general alejandrino decidió que aquellos extraños nómadas eran presa fácil y ordenó a 4.000 soldados de infantería y 600 jinetes marchar contra ellos. Sin embargo, el ejército de Antígono fue emboscado por una fuerza que duplicaba su número. «Los 4.000 soldados de infantería fueron masacrados y de los 600 jinetes sobrevivieron, aunque con heridas, medio centenar», dejó escrito el lugarteniente. Cuando se enteró de lo sucedido, Antígono decidió lanzar una segunda ofensiva en la que los nuevos 4.000 soldados de a pie se verían acompañados por 4.000 jinetes comandados por su hijo Demetrio, un militar particularmente fiero conocido como «el asediador de ciudades».

El problema es que aquellos nabateos todavía no vivían en ciudades. Por eso, al ver cómo se aproximaba el segundo ejército de Antígono, optaron por guardar sus posesiones en varios refugios secretos distribuidos a lo largo del desierto y resguardarse, ellos mismos, en una colina rocosa de gran altura que, dicen, era inexpugnable. La estrategia era sencilla: con todo y todos a salvo, tocaba esperar a que el desierto hiciera de las suyas. Demetrio cayó en la cuenta de esto al tiempo que los nabateos comenzaron unas negociaciones diplomáticas en las que ofrecieron parte de sus riquezas a cambio de la retirada. El «asediador de ciudades» aceptó.

Jane Taylor, autora del libro Petra and the Lost Kingdom of the Nabataeans, cuenta que semejante mentalidad –ofrecer una salida digna al invasor– ya evidenciaba la inteligencia de un pueblo al que esperaban cuatro siglos de expansionismo, prosperidad y gloria.

Todavía hay quien sostiene que los primeros nabateos eran, en realidad, la tribu de Nebayot que aparece citada en el Viejo Testamento. Sin embargo, los expertos han descartado dicha hipótesis y señalan, por el contrario, hacia Arabia. Se sigue discutiendo si su origen exacto se encuentra en el sureste de la península, donde Yemen, hacia el este, frente a la actual Baréin, o en la región de Hiyaz, a orillas del Mar Rojo. Pero tanto la citada hipótesis bíblica como otra que los sitúa en Mesopotamia han dejado de tenerse en cuenta.

En otras palabras: los nabateos no eran nativos del lugar donde se los encontró Antígono.

Aunque nadie parece saber con certeza cuándo y cómo llegaron hasta lo que unos siglos antes había sido el reino de Edom, Taylor sugiere la posibilidad de una expansión eminentemente pacífica fruto del comercio. Según su tesis, los primeros nabateos eran unos comerciantes extremadamente hábiles que controlaban y recorrían en extensas caravanas las rutas que conectaban Arabia con el Mediterráneo. De ahí que conociesen la existencia del reino de Edom, casi la última parada del trayecto antes de llegar al puerto de Gaza, y de ahí que fuesen conscientes de su decadencia y posterior desintegración en torno al siglo V a. C. Poco después, sostiene esta tesis, los nabateos comenzaron a establecerse progresivamente en la región. 

Es decir: habría sido una ocupación incruenta porque no había un ente político –un reino, una suerte de Estado– al que derrotar. Existían asentamientos desperdigados aquí y allá, resquicios de la llamada civilización edomita, que habrían no obstante aceptado de buena gana la presencia nabatea. 

Hay otras teorías menos amables que sugieren un expansionismo más agresivo que el presentado por Taylor; que dicen, en fin, que unos edomitas venidos a menos se vieron obligados a emigrar hacia el norte a causa de la presión que comenzaron a ejercer desde el sur los nabateos.

Sea como fuere, en el año 312 a. C., cuando Antígono se topó con ellos, los nabateos ya eran el pueblo dominante en la región. Y aunque todavía no se habían sedentarizado ya estaban, a juzgar por cómo lidiaron con Demetrio, bastante bien organizados.

Los nabateos se constituyeron como reino –se sedentarizaron– en algún momento del siglo II a. C. Su primer monarca fue Aretas I, cuya existencia se conoce gracias a una inscripción hallada en el desierto del Néguev. Aretas I fue sucedido por Rabbel I, cuyo reinado alumbró el florecimiento de Petra. La ciudad, hasta entonces un mero asentamiento para las caravanas que cubrían la ruta hacia el Mediterráneo, comenzó a aparecer en los mapas de la región tal y como lo demuestra su inclusión en una lista de urbes a visitar elaborada por un patricio romano en el 129 a. C.

Tras la consolidación del reino por parte de ambos monarcas llegó al poder, en el año 103 a. C., el primer rey nabateo del que se conoce algo más que su nombre: Aretas II. Un conocimiento que bebe de las menciones que le dedicaría posteriormente el historiador judeorromano Flavio Josefo tras identificarle como el gran rival de Alejandro Janneo, quien llegó al trono de Judea ese mismo año.

Janneo y Aretas II tenían dos cosas en común. En primer lugar, ambos ascendieron al poder en reinos que estaban expandiéndose. En segundo lugar, dichos reinos se tocaban el uno con el otro. Puesto de otro modo: Janneo y Aretas II estaban destinados a entrar en conflicto. Y así fue: en el 96 a. C. el ejército del primero conquistó el puerto de Gaza, que aunque no pertenecía a los nabateos se encontraba dentro de su zona de influencia.

Aretas II, quien por cierto fue el primer rey nabateo en acuñar moneda propia, no pudo vengar la afrenta porque falleció ese mismo año.

Sería su hijo, Obodas I, el encargado de enfrentarse a Janneo en Gadara, la zona actualmente conocida como los Altos del Golán. El rey judío logró sobrevivir a la batalla solo para encontrarse, al regresar a Jerusalén, con una revuelta fruto del resentimiento que una parte sustancial de los judíos sentía hacia él por, entre otras cosas, no respetar los rituales religiosos. Aquella revuelta se tornó en una guerra civil que causó, según el académico Simon Schama, 50.000 muertos y que debilitó ostensiblemente a Judea. Obodas I aprovechó la coyuntura para exigir a Janneo unas cuantas tierras a cambio de no intervenir en el conflicto interno a favor de sus rivales.

El reinado de Obodas I no duró demasiado, apenas once años, pero sí lo suficiente como para «cambiar el mapa político de Oriente Medio a favor de los nabateos», según Taylor. Dicen las crónicas que murió joven debido a las heridas que le causaron los seléucidas, otros vecinos en decadencia y nada contentos con el auge nabateo, en una batalla librada en el 87 a. C. Fue enterrado en el desierto del Néguev, en una tumba que nunca se ha encontrado, y convertido en deidad por su pueblo poco después.

El hijo de Obodas I, Aretas III, fue el último gran conquistador nabateo. Bajo su mando el reino alcanzó su cénit en lo que a expansión territorial se refiere gracias a la toma de Damasco. Una conquista que consolidó a los nabateos como una potencia regional a tener en cuenta no ya solo por sus vecinos sino también por un imperio emergente: el romano.

Tras asumir el gobierno de la ciudad siria, Aretas III se sintió lo suficientemente poderoso como para invadir Judea. Aquella campaña provocó otra por parte de Janneo, que todavía era el rey de los judíos, contra los territorios nabateos situados al sur del Mar Muerto. El renovado conflicto entre nabateos y judíos sobrevivió a Janneo –cuya muerte en el 76 a. C. derivó en una serie de conflictos entre sus descendientes– y se alargó en el tiempo hasta la llegada de las legiones romanas.

Pompeyo llegó a Siria a finales del 64 a. C. y, tras anexionarse aquel territorio como provincia romana, convirtió Judea en un protectorado. Acto seguido enfiló en dirección sur y se dirigió hacia Petra, ya entonces capital de los nabateos, con la intención de desentrañar qué tipo de relación había que construir con el todavía poderoso Aretas III.

Algunas voces dicen que Pompeyo marchó hacia Petra con la intención de ocupar la ciudad. Otras dicen que su expedición era eminentemente diplomática. Si la incógnita sigue siendo todavía hoy una incógnita es porque Pompeyo tuvo que darse la vuelta al recibir la noticia de la muerte de Mitríades, rey del Ponto, y nunca llegó a su destino.

Tras ocuparse del Ponto y dando por sentado que los nabateos, pese a mantener su estatus de reino independiente, no osarían importunar a Roma, el general regresó a la península itálica dejando atrás a varios lugartenientes con la misión de solventar cualquier crisis territorial o política que aflorase en la región.

Poco después uno de ellos, Marco Emilio Escauro, decidió utilizar las dos legiones dejadas a su mando para marchar contra Petra. Su objetivo era la conquista de la ciudad. ¿Por qué? Otra pregunta sobre la que no cabe más que especular, aunque el afán de gloria de Escauro es la razón más citada por los estudiosos. Sin embargo, el romano no logró llegar hasta Petra, que al encontrarse excavada en la roca de un valle extremadamente angosto es muy fácil de defender. Harto frustrado, Escauro se dedicó a quemar lo poco que podía quemarse en los alrededores mientras pensaba qué hacer con tal de salvaguardar su honor.

Adivinando el dilema, Aretas III le ofreció 300 talentos de plata a cambio de su retirada. Una jugada calcada a la realizada unos siglos antes por sus ancestros cuando, siendo todavía nómadas, decidieron ahuyentar a Demetrio, el hijo de Antígono, por la vía del soborno. En esta ocasión, Escauro también aceptó.

El episodio de Escauro marca el comienzo de las relaciones entre el reino nabateo y Roma. Unas relaciones que abarcan desde agresiones como la sufrida a manos de Aulo Gabinio hasta juegos de malabares en las guerras civiles romanas, cuando el rey Malicos I se alió primero con Julio César, a quien envió jinetes de apoyo en su contencioso con Pompeyo, y después con Octavio frente a Marco Antonio. Sin olvidar gestas como la del intrigante Syllaeus, un ministro nabateo que al ofrecerse como guía frustró una expedición romana en Arabia que ponía en peligro la independencia del reino. O las artes diplomáticas de Aretas IV, quien logró la admiración del mismísimo Octavio Augusto.

Hasta que, finalmente, en el año 106 el emperador Trajano ordenó la anexión del reino y la consiguiente creación de una nueva provincia romana llamada Arabia Petraea.

La creencia popular tiende a señalar este momento, la pérdida de la independencia, como el inicio de la decadencia de los nabateos y de Petra en particular. Sin embargo, los historiadores Ángel del Río y Carmen Blánquez, autores de Petra. Historia y arqueología, discrepan. Tras la anexión por parte de Roma la ciudad, dicen, recibió múltiples honores y fue incluida en la calzada que articuló el comercio de la nueva provincia. Incluso hubo un gobernador romano, Sextius Florentinus, que quiso ser enterrado en ella.

Su caída en desgracia comenzó a partir del terremoto del año 363, un seísmo que destruyó buena parte de la ciudad. En un principio Petra siguió funcionando como tal, pero tanto su población como su importancia fueron decreciendo progresivamente hasta que, con la llegada del islam, el lugar volvió a convertirse en un mero enclave para las caravanas. Consecuentememte, durante las cruzadas pasó desapercibida y así, ajena a las contiendas traídas por el paso del tiempo, fue cayendo en el olvido.

La última noticia que se tiene de ella aparece en la crónica de un viaje realizado por el sultán mameluco Baibars, quien pasó por allí en el año 1276 y, tras observar los restos de la antigua capital nabatea, siguió su camino sin apenas detenerse.

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