El saber médico de sociedades no occidentales es muy complejo, ya que su base sociocultural es diferente a la de la medicina heredera del saber grecolatino. Y la medicina, como cualquier manifestación cultural, no puede entenderse fuera de la sociedad en que tuvo lugar.

Los conocimientos que vamos a llamar «medicina azteca o mexica«, haciendo referencia al Valle de México antes de la conquista, son en realidad mucho más amplios y se deberían considerar como medicina nahua, englobando a otras regiones como las áreas tlatelolca, xochimilca, acolhua, cholulteca, huexotzinca y tlaxcalteca e incorporando conocimientos de culturas del pasado, como la tolteca y la teotihuacana.

Codex Magliabecchiano (siglo xvi) que muestra a dos pacientes explicando sus problemas al médico, que luego (abajo) trata de descubrir la causa de la enfermedad arrojando granos de maíz sobre un paño.ALBUM

Fuentes para el estudio del conocimiento prehispánico

La mayoría de las fuentes son coloniales, próximas a la conquista. En primer lugar, tenemos los escritos de fray Bernardino de Sahagún. En 1529, llega a México con un grupo de misioneros franciscanos para desarrollar su labor evangelizadora.

En Tepeapulco se rodea de un grupo de escribanos y sabios nahuas, de formación prehispánica, les encarga responder a un cuestionario similar a los realizados en la Europa renacentista para los tratados y las enciclopedias, y las respuestas son transcritas del náhuatl al latín y al castellano. En una columna se encuentran las preguntas y respuestas en náhuatly allado la traducción en castellano junto a las ilustraciones: es el llamado Códice Florentino (1585). Y, en concreto, la información sobre salud y enfermedad se expone en los libros X y XI del mismo.

Los textos describen a los médicos y sabios e informan sobre anatomía, orientaciones calendáricas, higiene y salud en la comunidad y enfermedades y sus remedios. También hablan de los cuidados del recién nacido, de los rituales favorables a su posterior desarrollo y del seguimiento de la embarazada. Describen incluso agüeros y supersticiones otra forma de enfermar para los nahuas mostrados como un conjunto de conocimientos falsos, producto de la necesidad de conocer el futuro e interpretar las causas de la enfermedad.

En segundo lugar, contamos con los textos del protomédico Francisco Hernández. En 1570, parte hacia el Nuevo Mundo con el encargo de Felipe II de hacer una relación de todas las plantas y semillas medicinales, para lo cual se rodea de un amplio círculo de sabios indígenas. La mayoría de su obra está dedicada al estudio de las plantas (las clasifica en frías, calientes, secas o húmedas, según su formación occidental); sin embargo, considera el saber nativo como empírico y sin rigor.

La tercera fuente es el Códice De la Cruz-Badiano (1553) o Libellus de medicinalibus indorum herbis. Escrito por Martín de la Cruz, terapeuta indígena del Colegio de Tlatelolco y conocedor de los saberes prehispánicos, el traductor del náhuatl al latín y al castellano fue el xochimilca Juan Badiano, alumno del Colegio. Se presentan en él las enfermedades y los remedios con su nombre en latín; de estos, la mayoría vegetales, pero también animales y minerales. Muestra además tratamientos prehispánicos que forman parte de lo que debía ser la terapéutica indígena.

Hay documentos más tardíos como el Tratado de las supersticiones de Hernando Ruiz de Alarcón (1629), que, con el fin de extirpar la idolatría, revela la aparición de un nuevo cristianismo sincrético y nos muestra cómo en la medicina indígena se consideran el medicamento, el rito y el conjuro piezas claves del tratamiento. Asimismo, disponemos de los tratados de los médicos españoles Nicolás Monardes, Agustín Farfán y Juan de Barrios y de la obra de Juan de Cárdenas, ya formado en la Universidad de México, sin olvidarnos de las Cartas de Relación de Hernán Cortés y la Historia verdadera de la Conquista de la Nueva España de Bernal Díaz del Castillo, en las que se describen técnicas y remedios desconocidos por los españoles.

Como fuentes indígenas, son útiles los calendarios adivinatorios o Libros de Destinos, los Tonalámatl, realizados antes de la conquista y en los primeros años de la colonia. A través de ellos, se puede investigar la relación que, para los aztecas, tenían la salud y la enfermedad con el destino de los hombres.

Y no podemos olvidarnos ni de las fuentes arqueológicas, con restos humanos, biológicos y animales, ni de los estudios etnográficos, que han permitido la comprobación de la información procedente de los textos citados.

La viruela, transmitida por los españoles, fue una de las enfermedades a las que tuvieron que hacer frente.Shutterstock

Cosmovisión

En Mesoamérica se concebía el universo de forma dual: cielo y tierra, luz y oscuridad, frío y calor. El ser humano constituía un microcosmos: su cuerpo se dividía en lados derecho e izquierdo, superior e inferior (pisos superiores e inferiores del universo), con el ombligo a modo de axis mundi por el que circulaban las energías vitales. Para que todo estuviera en armonía, debía haber un equilibrio: su ruptura era lo que producía la enfermedad.

Los nahuas creían en la existencia de tres tipos de alma o entidades anímicas como energía vital. La primera de ellas, el tonalli, residía en la cabeza y el cabello, se relacionaba con el Sol y el calor, era otorgado por las deidades celestes al nacer y salía durante el sueño del cuerpo para visitar la morada de los dioses. En el caso de que no pudiera retornar, la persona enfermaba. El tonalli proporcionaba el calor necesario para mantener la vida.

La segunda y más importante, el teyolia, residía en el corazón y era inseparable del individuo. Proporcionaba conocimiento y vitalidad y se correspondía con el flujo de la sangre a través del organismo. De naturaleza caliente, su pérdida ocasionaba la muerte; podían dañarla los hechiceros, causando con ello el deterioro de las facultades mentales.

Por último, el ihíyotl se localizaba en el hígado y estaba relacionado con el inframundo. También era insuflado por los dioses antes de nacer. Le pertenecían propiedades como el vigor, la valentía, el deseo, la codicia, pasiones y sentimientos del mundo emocional. Salía del cuerpo humano voluntaria e involuntariamente como una especie de aliento o gas frío. El desequilibrio en el organismo producido por alteraciones emocionales o transgresiones sociales causaba su salida. Una vez fuera, dañaba a las personas más cercanas. Por ello, a aquellos capaces de hacer salir su ihíyotl se les consideraba generadores de fuerzas negativas, como los hecticeros, que podían liberarlo para realizar actos de posesión sobre otro ser humano como estrategia de control social.

El códice escrito por Martín de la Cruz. Abajo, facsímil de una ilustración prehispánica en un códice de medicina calendárica, adivinatoria o astrológica.ASC

Enfermedad y salud en el mundo nahua

La enfermedad procedía siempre del mundo exterior al individuo, no del propio organismo. La provocaban distintos tipos de agentes o causas.

•⁠ ⁠Causas sobrenaturales: eran las producidas por cualquier entidad sobrenatural perteneciente a la cosmogonía mexica. En este terreno, nos encontramos con los llamados “descendimientos”: bajadas a la superficie de la Tierra de ciertos seres que podían originar enfermedades. Este sería el caso de las cihuateteo, las mujeres muertas en el parto convertidas en deidades, que robaban la belleza de los niños pequeños y les ocasionaban locura y convulsiones.

Por su parte, las deidades que pertenecían al complejo del agua, como Tláloc, podían producir también la locura y eran capaces de golpear con el rayo a un individuo, a manera de advertencia, para que este dedicara su vida al dios. A su vez, Quetzalcóatl anulaba la fuerza vital produciendo un intenso decaimiento, y Tezcatlipoca (cuyo nombre quiere decir «espejo humeante») originaba gran cantidad de enfermedades y podía producir incluso plagas en castigo por la falta de fe.

También algunos animales eran considerados como malos augurios; así, búhos, arañas, alacranes y ciempiés causaban enfermedad por ser los mensajeros del inframundo, del Mictlán.

•⁠ ⁠Causas mágicas: la magia actuaba a través de espíritus, o por la manipulación de algunos seres humanos sobre estos para provocar consecuencias. Aquí destacarían las enfermedades provocadas por los hechiceros y magos, entre los que el llamado «hombre búho» (tlacatecólotl) era el más nocivo. Relacionados con el inframundo, podían realizar diversos procedimientos mágicos, entre los que destacaban hechizos como aquel que hacía que brotaran fragmentos de pedernal y obsidiana en ciertas partes del cuerpo de la víctima.

También estaban la magia simpática y la superstición; por ejemplo, flores como el omixóchitl (para el varón) y el cuetlaxóchitl (para la mujer), al ser olidas, hacían que enfermaran los genitales y producían hemorroides, respectivamente (dichas flores se asemejan físicamente al pene y las hemorroides).

Las llamadas enfermedades de la basura (tlazol-miquiliztli) eran entendidas como el resultado de una transgresión ética, entre las que se incluían el adulterio y el hurto. Su origen residía en los malos efluvios que estas personas emitían, que resultaban nocivos para ellas mismas y para los que las rodeaban.

Causas naturales: aquí se englobaban las enfermedades producidas por agentes físicos (heridas, torceduras, agresiones de animales venenosos, diarreas por tomar agua fría, etc.). Hay que tener en cuenta la dicotomía frío / calor del hombre mesoamericano. Había una serie de enfermedades consideradas calientes (calor y frío eran propiedades intrínsecas de la enfermedad). Así, la epilepsia, la mala digestión, algunas fiebres y la locura se atribuían a un exceso de flemas calientes en el pecho que ocasionaban opresión torácica, a modo de angustia extrema. Las enfermedades frías, por su parte, eran la retención de líquidos, las fiebres acuáticas, el frío abdominal y las diarreas producidas tras beber agua fría.

Las flores también estaban presentes en la medicina mexica, tanto como posibles causantes de enfermedades como formando parte de remedios y terapias.ASC

Diagnóstico y terapéutica mexica

Una de las características de la medicina azteca era la conservación de las creencias chamánicas. A la hora de contar con terapeutas, no solo se recurría al especialista tradicional, sino también a otros expertos que pudieran sanar. Los procedimientos empleados por estos sanadores, hechiceros o nahuallis consistían en la emisión de augurios y pronósticos. Basándose en el calendario adivinatorio, eran capaces de emitir un diagnóstico y un pronóstico sobre el desenlace del cuadro del consultante. Estos terapeutas alteraban su estado de conciencia con psicotrópicos (peyote, ololiuhqui, etc.) para «viajar» hacia la causa del mal. Poseían así la capacidad de transformarse en otros seres para desempeñar sus acciones benéficas o maléficas. Se llegaba a la categoría de nahualli bien mediante la predestinación, bien en virtud de ciertas características físicas, que podían incluir algunas malformaciones.

Dentro de los métodos diagnósticos de adivinación se contaba, entre otros, con arrojar granos de maíz (tlaolxiniani) y ver al caer cómo se disponían. También con los nudos realizados en cuerdas (mecatlapouhque), que con la intensidad que eran atados, condicionaban, si era muy fuerte, un mal pronóstico; o con la adivinación mediante el agua arrojando granos de maíz y viendo si flotaban o no, lo cual era un buen augurio. Los llamados tetonaltique intentaban averiguar en el reflejo del agua si el niño enfermo había perdido el alma tonalli, realizando los encantamientos pertinentes para su retorno. En otras ocasiones, el nahuallicontaba el número de veces que su mano cabía en el antebrazo del paciente para efectuar el diagnóstico de algunos males.

Inicialmente, la formación de los terapeutas, los llamados titici, se transmitía de padres a hijos y se adquiría como un conjunto de conocimientos aprendidos a través de la tradición oral. Aunque este patrón se mantuvo en el área rural, en las ciudades se pudo estudiar en las Calmécac, escuelas para hijos de nobles donde se enseñaban el calendario adivinatorio, la forma de actuar de los dioses y lo que podía afectar a las entidades anímicas y se adquirían conocimientos de botánica, zoología y terapéutica.

Las funciones del sabio-médico se dirigían también hacia la adivinación y el diálogo con la divinidad. Pero además los médicos sabios o titici debían conocer las enfermedades y las necesidades de la salud medioambiental, para saber actuar frente a las epidemias. También habían de ser capaces de observar y de anticiparse al comportamiento del ser humano y de la enfermedad. Además, tenían que saber escuchar la confesión del enfermo para llegar al diagnóstico. Existían por otra parte unos terapeutas llamados alterados de conciencia, con el objetivo de que debe saber escuchar la confesión del enfermo para paini que viajaban al más allá provocándose estados alterados con el objetivo de tener una respuesta directa de los dioses. Este tipo de medicina, considerada precientífica, empleaba rituales con ensalmos, que generaban una atmósfera psicológica adecuada para sugestionar al enfermo.

Los nahuas trataban la enfermedad mediante el uso de hierbas y terapias relacionadas. Un buen profesional empleaba de 50 a 200 plantas, lo que no los hacía diferentes de los médicos contemporáneos en la España del XVI. Pero encontramos también a especialistas hábiles en cirugía, los texoxotla titici; a los encargados de realizar sangrías, los teitzminqui, que tenían un simbolismo ritual en relación con las ofrendas a los dioses para expiar culpas; a los texpatiani, que extirpaban cataratas y resolvían problemas oculares; a los tlacopinaliztli, encargados del cuidado de la boca y la dentición, y a los concertadores de huesos o tepoztecpahtiani, que resolvían luxaciones y trataban fracturas entablillando, recolocando el hueso e incluso extrayendo por punción líquido articular de rodillas inflamadas. Había incluso una figura comparable a la del boticario: el hierbero, que preparaba remedios y los comercializaba en los mercados. Y, curiosamente, no existía limitación al ejercicio de la medicina por parte de la mujer, que tenía libre acceso a la misma y una reputación similar a la del varón.

En este sentido hay que destacar también a la temixihuani, la partera, encargada de resolver los problemas del embarazo y del parto y de tratar las enfermedades de la mujer. Las parteras sabían diferenciar entre un parto normal y el que no lo era, hacían maniobras de ayuda al expulsivo y daban la vuelta al feto si venía de nalgas para que no fuera parido en esta posición, lo que era vital para el niño y la madre. Conocían la herbolaria y los remedios que ayudaban en la dilatación del cuello del útero, como el uso del temazcalli o baño de vapor, y se encargaban de los primeros cuidados del pequeño. La familia de la gestante se ponía en contacto con la partera y, cuando llegaba el momento, se llevaba a cabo un ritual en el que partera y paciente se encomendaban a las diosas protectoras de los partos, como Toci.

Por otro lado, los titici tenían también relación con la magia; por ejemplo, ante la pérdida del alma tonalli en los niños y su recuperación atrayéndola a través de masajes en el cielo de la boca. Distintos sacerdotes se encargaban, asimismo, de diagnosticar los casos en que los dioses resultaban ofendidos, como los tlaolxiniani, encargados de la lectura de los granos de maíz, o las techichinani o chupadoras, que friccionaban y masajeaban con saliva y extraían pedazos de pedernal o papel, que representaban la causa del mal en el organismo.

Estas prácticas, aunque rechazadas por los médicos de la colonia, a nivel psicosomático tenian un considerable efecto a la hora de sanar. La medicina nahua concedía al verbo una gran importancia, como inductor de un estado de analgesia endógena a través de la producción de sustancias fabricadas por el organismo, capaces de aliviar el dolor y estimular las defensas.

Facsímil de una página sobre medicina herbolaria del Códice De la Cruz-Badiano, también conocido como Libellus de medicinalibus indorum herbis (1553).ALBUM

Los remedios curativos eran fundamentalmente en forma de herbolaria. Esta se empleaba de dos maneras: la primera, en la magia simpática, por la similitud con la parte enferma del cuerpo, y la segunda de forma empírica, basada en la experiencia. Para pautar sus remedios, los médicos y curanderos aztecas empleaban la vía oral, la tópica sobre la piel y la anal, a base de enemas, aplicada tanto en rituales con psicotrópicos como para el tratamiento del dolor de hemorroides.

Por Agencias