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Entre vivos y muertos: Los fantasmas en la literatura mexicana
Desde las antiguas leyendas prehispánicas hasta las novelas contemporáneas, exploramos la…

La literatura mexicana está plagada de fantasmas, claro, también la literatura latinoamericana, la estadounidense, la europea, la literatura mundial en sí, todas están llenas de historias espectrales. Pero ¿qué diferencia marca a los fantasmas en nuestra literatura? ¿Qué sello distintivo tienen los espíritus en las letras de este país?
Los fantasmas mexicano y de toda Latinoamérica vienen de un pasado común, de una tierra ligada a siglos de sometimiento y despojos trascontinentales de naciones europeas.
Presencias se aparecen en las grandes obras
No es casualidad que dos de los libros más icónicos de las letras mexicanas, Pedro Páramo y Aura, sean novelas sobre personajes fantasmagóricos. La primera es más que evidente, todos los integrantes de Comala lo habitan estando muertos, mientras que Juan Preciado se involucra en un descenso a los infiernos en busca de su padre. La segunda se podría decir que es más un acto de brujería mediante un ritual pagano, pero el personaje Aura es fantasmal con forma de una mujer joven vestida de verde. De ahí pueden mencionarse distintas obras narrativas, que van desde La cena, de Alfonso Reyes, El huésped, de Amparo Dávila, Historia de Mariquita, de Guadalupe Dueñas o La noche de Margaret Rose, de Francisco Tatio. Y si continuamos con publicaciones de autores contemporáneos podemos encontrar obras como Los ingrávidos, de Valeria Luiselli, El silencio de todos los muertos, de Sandra Becerril, Clara como un fantasma, de Alejandro Von Duben, No hablemos de muerte a los fantasmas, de Daniel Centeno, así como recopilaciones y antologías como Ciudad fantasma. Relato Fantástico de la Ciudad de México, elaborada por Bernardo Esquinca y Vicente Quirarte.
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Los aztecas tenían sus seres fantasmales, como Youaltepuztli, un temible emisario de Tezcatlipoca, amo y señor de la guerra, la tentación y todo lo que no puede verse en la oscuridad.
La simbología de los fantasmas sigue presente como una extraña costumbre, además no se reduce sólo a la narrativa o al relato, en la poesía también aparecen; desde El fantasma y yo, de Amado Nervo, a Los fantasmas, de Jorge Fernández Granados. Otros poetas mencionan también de manera indirecta al fantasma como un subtexto, en Primero sueño Sor Juana Inés de la Cruz lo hace al insinuar con su peculiar estética una presencia que habla de cómo trasciende un alma. Esta figura metafórica también la utilizan José Gorostiza en Muerte sin fin y Xavier Villaurrutia a lo largo de sus poemas en Nostalgia por la muerte. Más adelante se analizarán a algunos de los autores y de las obras mencionadas.
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Un país de aparecidos
Se vuelve a abrir la pregunta, ¿qué hace distintos a los fantasmas de México? Se puede hacer una comparación con algún cuento de Mariana Enríquez, en el que maneja a los fantasmas como producto de la violencia que ha azotado a Argentina, o comparaciones con fantasmas posmodernos tal como el protagonista de A ghost stoy, de David Lowery. También con fantasmas que deambulan en ambientes refinados, góticos o románticos, de viejas casonas británicas, El fantasma de Canherville, de Oscar Wilde, Otra vuelta de tuerca, de Henry James y, por supuesto, un clásico, Cuento de Navidad, de Charles Dickens.
LA LITERATURA MEXICANA ESTÁ LLENA DE FANTASMAS, PERO ¿QUÉ LA HACE DIFERENTE A LAS DEMÁS?
El fantasma mexicano no toma té a las cinco de la tarde ni nos cuenta historias sobre dictaduras peronistas, pero sí nos recrea una eterna pérdida. En un país donde el relato y la declamación crecieron sobreviviendo al despojo de una invasión europea y un sinfín de historias de extorsiones extranjeras, el fantasma mexicano es un espíritu mestizo, puede hacer mofas sobre el mundo de los muertos, aun estando cargado de nostalgia. La literatura ha sido el reflejo de los relatos sobre aparecidos que han pasado de generación en generación. Todos los escritores crecieron escuchando las historias de abuelos y padres que hablaban de aparecidos, y a su vez esos familiares que les contaron las historias, las escucharon de sus parientes. La literatura ha sido el reflejo y refuerzo de una cultura muy sólida de relatos y oratoria.
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El mestizaje de los fantasmas
La presencia de almas en pena y aparecidos en México representan nostalgia, aunque también sean reflejo de violencia y de que quedó en ellos algo pendiente, o que murieron de forma lamentable, a la vez, aún no se percatan de que deambulan entre dos planos. La nostalgia es un elemento fuerte, y el mestizaje anteriormente mencionado es la prueba, ya que puede haber un anhelo por la pureza. Queda claro que México no es el único país de Latinoamérica que perdió mucho ante la invasión europea, pero al igual que otros, hizo de su pérdida y mezcolanza una nueva cultura, los fantasmas que habitaban en Mesoamérica conocieron a los que venían con los españoles y al fusionarse se crearon los relatos con los que creció el pueblo mexicano, del virreinato y lo colonial a nuestros días.
Algunos ejemplos de seres paranormales de los que ya se hablaba en Mesoamérica eran Youaltepuztli, o hacha nocturna, quien tenía relación directa con el dios de la oscuridad, Tezcatlipoca. Centlapachton, Cuiltapantón o Cuitlapanton, descrita como una mujer pequeña de largos cabellos. Sin olvidar, por supuesto, a Cihuacóatl, que dio origen a la leyenda de la Llorona, pero que anteriormente era una deidad muy distinta a lo que conocemos como aquella madre asesina que lamenta por siempre la pérdida de sus hijos. Parte de este embrollo acerca del mestizaje de los fantasmas es que todas estas leyendas que pasaron a ser relatos con tintes de anécdotas, fueron contadas, narradas o transcritas por españoles, se conoce más su versión que la versión indígena, las almas en pena mezcladas o en castas rondaron la Nueva España pasando de boca en boca, de rumor en rumor, de cuento en cuento.
Coleccionistas de espíritus
Un buen ejercicio literario o académico es “investigar una leyenda del lugar en donde vives”, a veces se habita en sitios por años sin saber que contienen una fábula, un mito o una historia sobrenatural detrás. Se conocen muchas leyendas sobre el centro de la Ciudad de México, sobre Coyoacán, Tlalpan. Fuera de la capital, cada provincia con sus ciudades, pueblos, contienen sus leyendas, aparecidos, espíritus chocarreros, almas en pena, o coinciden en dos o más sitios. Unos cuentos traspasaron más terreno y fueron contados en distintos lugares del país. Desde mineros hablando sobre cosas que vieron bajo el suelo, hasta personas en cantinas que platican sobre algo que vieron. Las referencias populares “a un amigo de un amigo se le apareció algo paranormal”, México se adorna con este tipo de anécdotas. Pero algunas de las personas que pasan a otro plano estos cuentos son los escritores, quienes pueden no conformarse solamente con la leyenda que les narran sus parientes, que se cuentan en su barrio o pueblo natal, sino que pueden juntar todas estas narraciones y darse el lujo de meterles de su imaginación para ofrecernos otro tipo de versiones, más profundas, poéticas o hasta teatrales (cuando los dramaturgos suelen ofrecernos adaptaciones de obras clásicas o de leyendas).
EL FANTASMA MEXICANO ES UN ESPÍRITU MESTIZO QUE PUEDE HACER MOFAS DEL MUNDO DE LOS MUERTOS
Centrando la dirección en la narrativa podemos tomar el ejemplo de Juan Rulfo, quien siempre se consideró escritor y fotógrafo documentalista, y que fue recolectando leyenda tras leyenda, para proyectarlas en sus escritos. Los fantasmas de Rulfo no culminan en Pedro Páramo, están en cuentos como Luvina, o en uno de sus cuentos inéditos no pertenecientes a El llano en llamas, Castillo de Teayo. Un dato curioso es acerca de sus escritos inconclusos, como el caso de lo que le llaman su novela fantasma, La cordillera, una obra de la que habló algunos años pero jamás mostró un solo fragmento y no se sabe mucho de qué trataba. Rulfo llegó a mencionar que prometía publicar algo mucho mejor que Pedro Páramo. Quiere decir que el escritor no sólo recopiló leyendas para crear a sus propios fantasmas, sino que su final literario fue también fantasmagórico, dejando a diversos lectores con la intriga de saber el tema de dicha cordillera que superaría a los llanos de Comala. Esto provocó que otros escritores, como Vicente Leñero, hicieran suposiciones y fantasías textuales con aquella idea. Tanto Leñero como varios estudiosos y personas cercanas a Rulfo trataron de resolver el enigma de aquel escrito perdido, pero sólo lograron hacer algunas aproximaciones a su tema. La cordillera, entonces, ha quedado como una nueva leyenda mexicana de fantasmas.
El caso de Carlos Fuentes, con Aura, es otro tema de espíritus y rituales que lo llevaron a crear su historia. En primera fue acertado situarla en Donceles, centro de la CDMX, una calle que se vuelve un museo de leyendas espectrales. Fuentes le agrega el número 815, el cual no existe, y desde que inicia el libro, cuando el protagonista Felipe Montero abre el periódico para ver un anuncio donde solicita empleo en Donceles 815, se pretende que el lector caiga en la trampa a la par de Felipe. Si bien, Aura se debate entre ser una historia más de brujería que de fantasmas, los elementos sombríos que construyen la atmósfera le dan el peso a la balanza. Los planos espaciales están divididos, uno real y otro en otra época, entre estos elementos la joven Aura sólo es vista en todo momento por Montero y nunca por Consuelo, la dueña de la casa. Aura entonces es, como se menciona, la trampa fantasma, o un fantasma que sirve como anzuelo, en el que caen tanto el protagonistacomo el lector que sigue la trama. Fuentes también hace la colección de leyendas de Donceles y las junta con el erotismo satanizado por la Iglesia, inspirado a la vez en el famoso poema de José Juan Tablada, Misa negra, el cual para épocas porfirianas en que fue publicado, tuvo muy mal recibimiento y el autor enfrentó problemas. Misa negra cuestiona al erotismo que se convierte en tema tabú para la Iglesia conservadora. Fuentes también toma influencias europeas de Jules Michelet y de Henry James, además de su padrino, el grandioso Alfonso Reyes.
Donceles 815 es entonces el lugar en donde Fuentes guarda su colección de espíritus, un espacio con ambiente gótico en donde conviven diferentes tiempos que sólo pueden ser unidos en un ritual pagano, pero mediante algo tan natural como lo es el erotismo, eso explica por qué la joven Aura viste de verde. Fuentes durante un tiempo tuvo interés por lo fantástico, publicó Los días enmascarados, Cuentos sobrenaturales, Cantar de ciegos o Inquieta compañía, en este último aparece un curioso texto llamado, “Vlad”, un cuento en donde hace crítica al clasismo y a las sociedades ricas mexicanas, mediante el tema del vampirismo y el doppelgänger. La escritora Margo Glantz hace un análisis sobre esta obsesión que tenía Fuentes por lo sobrenatural y habla de cómo él llegó a retomar los elementos incómodos y oscuros de otros autores, como los mencionados Henry James, Michelet, o Edgar Allan Poe y Charles Nodier. Carlos Fuentes era un cazaleyendas al igual que Rulfo, un coleccionista de relatos que iba reconstruyendo a capricho de su pluma.
De apariciones y poesía
Estos creadores como recolectores de apariciones no son los únicos, la reconocida Amparo Dávila junto con otros genios incomprendidos e infravalorados como Guadalupe Dueñas, Inés Arredondo y Francisco Tario, todos ellos y más autores, han sido también los grandes cazafantasmas mexicanos con diversas estéticas. Amparo Dávila, por ejemplo, no sólo lo hizo mediante relatos, sino también con poemas, y es una de las pioneras mexicanas de lo que hoy llaman poesía especulativa (poesía que se centra abiertamente en temas fantásticos, terror o mitológicos). En su poema, “Semblanza de mi muerte”, hace referencia a que alguien al morir desearía llegar bien al otro mundo y no quedarse vagando sin rumbo o penando entre dos planos, comparado a un miedo por ser enterrado vivo es el miedo a morir sin saberlo y deambular por ahí en esa penitencia inconsciente.
MÉXICO ES UN PAÍS QUE HIZO DE SUS PÉRDIDAS Y MEZCOLANZAS UNA NUEVA CULTURA
Retomando su cuento El huésped, hay una cuestión polémica: ¿qué es tal huésped? En la trama el marido de la protagonista llega un día con un misterioso ente y le dice que se quedará por unos días, desde ese momento el ambiente se pone cada vez más truculento y aquel inquilino no bienvenido por la mujer no parece querer irse, además de todo se vuelve más agresivo. Por un lado se puede pensar que el ente no es un fantasma como tal, sino la representación de la violencia intrafamiliar, también que es el mismo marido cuando entra en el alcoholismo y se vuelve un agresor. Pero si al ente se analiza desde otra perspectiva da la probabilidad de ser una figura fantasmagórica que carga en su esencia una profundidad filosófica y poética, un espíritu que incluso demuestra con su comportamiento el fantasma del machismo y el fantasma de los matrimonios violentos. Además, el cuento nos propone en el realismo mágico la posibilidad de matar al fantasma de alguna manera.
De la autora sobresalen otros títulos como Música concreta, Árboles petrificados o El espejo, entre otros más. Cuentos en donde abundan atmósferas inquietantes, personajes acechados por la desolación y el misterio, y una característica particular que se vuelve un sello en sus letras, la voz de la desigualdad de género, las voces de mujeres oprimidas que son una realidad tan aterradora como las tramas lúgubres de ficción, una realidad que la misma autora vivió muchas veces. Quiere decir que Amparo Dávila no sólo recolectó fantasmas y leyendas para volverse la escritora mexicana de terror por excelencia, sino que recolectó voces que injustamente penan en el olvido y la desigualdad.
Algo curioso relacionado con la muerte de esta escritora es que ocurre en la primavera del 2020, lo cual parece el cumplimiento a una petición hecha en el poema mencionado, “Semblanza de mi muerte”, en el verso en donde dice:
“Quiero irme un día soleado de una primavera reverdecida llena de brotes y retoños de pájaros y flores en buscar mi jardín del Edén.»:
En el número 815 de la calle de Donceles, en el Centro Histórico de la Ciudad de México, Carlos Fuentes imagina un escenario para construir su relato de Aura.
Aún viven los fantasmas
El momento del realismo mágico pasó, se fueron los grandes autores del boom latinoamericano que hablaban sobre tierras imaginarias: Comala, Macondo o Ixtepec. La literatura mexicana trata ahora sobre la violencia realista, los azotes no sólo provenientes de la política, los cárteles y el crimen organizado, sino la violencia ya aferrada como parásito en la sociedad o la violencia que vive como un civil más entre la gente. Los escritores que tratan temas abiertamente fantásticos han quedado catalogados como autores de género y muchas veces vinculados de manera errónea a la literatura juvenil. Sin embargo el realismo mágico cotidiano sigue, las personas continúan creyendo en hechos sobrenaturales y contando leyendas de aparecidos o demás espectros. Algunos autores han sabido tomar dichas creencias populares mezcladas con las violencias actuales, Fernanda Melchor y Yuri Herrera son algunos de los ejemplos. Fernanda Melchor con Temporada de huracanes nos hace ver a una bruja contemporánea y cómo la gente aún sigue consultando el mundo del ocultismo aunque lo niegue y viva en la hipocresía. Yuri Herrera, por su parte, trata los nueve planos del Mictlán convertidos en espacios urbanos y colindantes con su novela Señales que precederán al fin del mundo, a la par que habla sobre los horrores que viven los migrantes en la frontera con Estados Unidos.
En la actualidad hay una obra que explora nuevos pasajes mágicos, la antes mencionada, Los ingrávidos, de Valeria Luiselli. Ésta cuenta sobre una editora, escritora y traductora joven que está escribiendo una novela acerca del poeta Gilberto Owen, a la par, el fantasma de Gilberto Owen divaga por el metro de Nueva York. En la novela no hay un realismo mágico aparente como el de los años cincuenta o sesenta, son sólo dos personajes que sobreviven a su actualidad; Owen atrapado en el limbo el cual cree que es la modernidad y la editora atrapada en la posmodernidad, ambos perdidos en el vacío de sus andares cotidianos, mientras que Nueva York queda como el puente y el escenario en donde tratan de escapar de aplastantes rutinas.
Por mucho tiempo el fantasma en la narrativa mexicana se encontraba atrapado entre dos planes fundamentales, el mestizaje y la nostalgia, aunque es muy distinto.
Al bajar al metro, la protagonista se encuentra con el fantasma del poeta es cuando la novela empieza a desprenderse de ese tono realista y comienza a ser etérea, extraña, cada vez más confusa pero con un lenguaje poético e hipnótico. Hay una posibilidad de que la mujer despertó al fantasma de Owen y que éste creyera que está viviendo en los años veinte o cincuenta. La novela presenta esos saltos temporales y espaciales entre las existencias de ambos personajes: la de Owen antes y después de aparecer en el metro y la de la editora antes y después de la maternidad. Aquí es donde Valeria Luiselli declara que el antes y el después representa que todos podemos morir más de una vez en la mis- ma vida. La editora antes de ser madre era una persona y al ser madre pareciera haber muerto para revivir en otro tipo de vida. Por otro lado, el subterráneo y los andenes del metro son un elemento significativo, el claro plano del inframundo.
EL REALISMO MÁGICO QUEDÓ ATRÁS, LA LITER ATUR A MEXICANA TR ATA AHOR A DE LA VIOLENCIA REALISTA
Todas las personas al bajar a cualquier metro del mundo están descendiendo de alguna forma al mundo de los muertos. Luiselli también declaró en una entrevista que sus personajes se van “afantasmando” a lo largo de la trama, por eso es que se vuelve cada vez más rara e incluso hay un momento en el que es difícil saber quién es la voz narrativa, si la protagonista o el espíritu perdido del poeta. Los ingrávidos ha sido un libro que marca a la literatura mexicana contemporánea, siendo representada ya en obra teatral.
Es así como en las letras actuales la figura del fantasma vuelve a aparecer, o tal vez nunca se fue. Aquí en Los ingrávidos dejan de verse pueblos mexicanos donde se cuentan relatos, o calles embrujadas como Donceles y el corazón de la Ciudad de México. Aquí es Nueva York como un ministerio donde llueven documentos de paisanos deportados, lugar donde la gente vive desgastantes rutinas y la indiferencia camina entre una variedad de habitantes. Los fantasmas mexicanos pueden ocupar otros escenarios fuera de México.
Cosas pendientes
Mientras existan leyendas que se cuenten de ciudad a pueblo o viceversa, habrá coleccionistas de éstas que las usarán para seguir reforzando en el relato y la declamación la figura del fantasma como una tradición mexicana, con estética de nostalgia y un cierto encanto por esta misma. Así tenemos que los aparecidos serán algo con un constante pendiente y su plazo etéreo traerá una propuesta, una alegoría que abarca del mestizaje a los actuales inmigrantes, todos, vivos o muertos terminan siendo una representación de lo que se queda y testigos inconscientes de las evoluciones culturales.
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