Ciencia y Tecnología
Actitud blasée: la razón por la que muchos habitantes de la CDMX estén siempre de mal humor
Este artículo explora el fenómeno de la actitud blasée entre…
No todo es fiesta y colores chillantes en la CDMX. En el extinto DF, es bien sabido que la gente es apática, en ocasiones distante y francamente grosera. Lo peor es que no es necesariamente su culpa. Como capitalina lo sé, también soy así a los ojos de quienes nos visitan de otras partes del país. No habría que culparles. De acuerdo con el sociólogo y crítico alemán Georg Simmel, esta forma de ser nos rebasa: es la actitud blasée.
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¿Qué es la actitud blasé y cómo afecta a la población citadina?
Zocalo de la ciudad de México.
No es la primera vez que se oye hablar de la actitud blasé. Simmel empezó a identificar este fenómeno en las grandes ciudades. De hecho, en su ensayo La metrópolis y la vida mental, publicado en 1903, el sociólogo ya veía cierto hartazgo en las capitales europeas: como una especie de cansancio cróncio. Incluso entonces, por la contaminación creciente que había dejado la Revolución Industrial, la gente se sentía desguanzada, sin conexión con su mundo interior, en un estado constante de alerta.
“Tal vez no existe otro fenómeno síquico”, escribió el autor en la primera década del siglo XX, “que sea tan incondicionalmente exclusivo a la metrópoli como la actitud: blasée”. Para Simmel, este comportamiento se deriva en primera instancia “los estímulos a los nervios tan rápidamente cambiantes y tan encimadamente contrastantes”. (Simmel, 1977: 4) Para los habitantes de la CDMX, todo eso se ha vuelto natural: casi como una forma de respirar.
Fotografía del Centro Histórico de la Ciudad de México desde el aire.
Los constantes estímulos “rápidos e ininterrumpidos”, explica el especialista, provocan un “intercambio de impresiones internas y externas”. Traído a la vida real, cuando consistentemente estamos escuchando cláxones, gritos, anuncios y otras formas de contaminación auditiva y visual en la calle, el cerebro tiende a agotarse por completo. Es demasiado que procesar, incluso para los citadinos, que nos hemos acostumbrado a eso durante toda la vida.
A más de 100 años de publicado el texto, el fenómeno no ha hecho más que intensificarse. Más aún con la presión de crisis climática global, que está provocando primaveras prematuras, temperaturas extremas en toda la capital y una gravísima escasez de agua, que no se había visto en décadas. Además de aguantarnos los unos a los otros, ahora también tenemos que lidiar con las consecuencias de las acciones de generaciones pasadas, que consideraron que el medioambiente no era un tema de relevancia vital.
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Bajo el velo del anonimato
Una multitud se arremolina en torno al Ángel de la Independencia, en el corazón de Reforma, una de las arterias más concurridas de la CDMX.
Rara vez, en la Ciudad de México no hay tráfico. Si se mira el cielo nocturno, casi no hay estrellas: quedaron sofocadas por los espectaculares luminosos, los semáforos y los nombres impertinentes de las corporaciones, que brillan sobre la línea del horizonte durante toda la noche. Todo esto contribuye a que la actitud blasée prolifere en la Ciudad de México, así como en otras capitales del mundo: en completa desconexión con la naturaleza, el ser humano contemporáneo siente angustia y ansiedad constante. Más aún si vive en ciudades de las dimensiones de la capital mexicana.
El problema, sugirió Simmel de una forma casi profética, es que estas impresiones son cada vez más duraderas en el inconsciente humano. Es decir, los tumultos, las hordas de gente en el transporte público, el calor insoportable: todo eso se queda registrado en el estrato emocional de las personas —por más habituadas que estén a ese caos. Por lo cual, conforme avanza el tiempo, el cansancio y el hartazgo tienden a hacerse más profundos y difíciles de trabajar.
Uno de los carteles realizados para la marcha del 8 de Marzo de 2021.
Por eso, escribió el sociólogo, la ciudad consume más a los seres humanos que la vida rural. De hecho, “requiere de una cantidad de consciencia diferente”, en tanto que el ritmo de vida es mucho más acelerado y ajeno al entorno natural. Y más aún cuando existe un ambiente hostil hacia ciertos grupos vulnerables, como las mujeres. Sólo en 2023, de acuerdo con los registros de ONU Mujeres, en México fueron “3 mil 439 mujeres víctimas de feminicidios y homicidios dolosos”.
Las mujeres somos más conscientes y más reactivas a estos casos. Por más acciones que implemente el Gobierno de la CDMX en favor de mitigar la violencia de género, las marchas por el 8 de marzo siguen siendo un paréntesis político para la ciudadanía, de toma del espacio público para enunciar estas dolencias —además de las que, de por sí, se viven en una ciudad con 9.2 millones de habitantes, según las cifras más recientes del INEGI. Es poco probable que, desde la lejanía del amanecer del siglo XX, Simmel vislumbrara los alcances de su propuesta teórica. Hoy, seguimos viviendo los estragos del fenómeno que identificó, hace más de un siglo.
Referencias

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